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COMUNIÓN

By The Rev. Simón Bautista, Canon for Latino Ministries

El Sermón de la montaña es una pieza clave para entender la propuesta que nos hace Jesús sobre el Reino de los Cielos. Una de las cosas impresionantes de su modo de hablar es que no se reserva nada. Jesús todo lo expone en posición clara y abierta, sin ambigüedad, como si no le importara la crítica o la pérdida de puntos de popularidad. A decir verdad, a Jesús no hay necesidad de leerlo entre líneas, como adivinando lo que quiere decir. Con él se pueden firmar convenios en primera lectura porque todo lo que dice se puede escribir en letras grandes. Con él no necesitamos auxiliarnos de una lupa para leer las letras pequeñas que muchas veces acompañan los contratos que nos presentan las corporaciones humanas que andan detrás de nuestro dinero y que pueden terminar causándonos mucho daño.

La conclusión del sermón de la montaña es un buen ejemplo para ilustrar lo que acabamos de decir. Si bien es cierto que esta conclusión puede tornarse algo desconcertante para algunos de los que escucharon a Jesús aquel día, no es menos cierto que pone en alerta a sus seguidores de una gran verdad “que no todo es color de rosa, y que el camino al cielo no está amortiguado por una espesa alfombra roja”.

Esta forma de concluir no es exactamente lo que los oídos de la multitud que seguía a Jesús estarían esperando escuchar, no después de un discurso inaugural lleno de promesas del cielo. Esto pudo haber hecho que mucha gente se sintiera incómoda. Y es natural, el ser humano tiene una tendencia al bienestar que muchas veces le dificulta hacer negociaciones pacíficas con cualquier forma de dolor y sufrimiento. Es que las palabras de Jesús no ocultan para nada que el compromiso con el Reino de Dios puede afectarnos hasta en lo que más atesoramos, la propia vida.

Las últimas palabras del discurso de Jesús expresan verdades inexorables que se convierten en compañeras inseparables del evangelio bien vivido, propiamente anunciado y decididamente testimoniado; nos recuerdan que el Reino de los cielos no solo trae consigo palmaditas en la espalda, también nos puede traer calumnias, odio, amenazas, despidos, deportación, persecución, encarcelamiento y hasta la muerte. La cosa es que cuando se trabajan los detalles se esclarecen las expectativas.

¡Dichosos! ¡Bienaventurados! Son palabras que alegran nuestros corazones cuando las escuchamos especialmente si quien nos las dice es Jesús. Pero tienen su precio, hay que pagar por ellas. Eso es lo que sugiere el discurso de la montaña, sugiere que el Reino de los cielos está a la disponibilidad de nosotros pero tenemos que colaborar de alguna forma para llevarlo a su plenitud.

Tal vez la pregunta es cómo participar de manera efectiva y creativa en un proyecto que lleva tantos siglos en desarrollo y que aún le falta para llegar a su etapa final. Jesús nos ofrece algunas sugerencias en el discurso de la montaña: ser misericordiosos y compasivos, luchar por la paz y la justicia, ser humildes de corazón. Estas cosas, cuando las hacemos bien, nos dan la aprobación de Dios y la de los que le aman las cosas de Dios; también nos ganan el rechazo de los que se empeñan en obstaculizar el proyecto salvador de Dios. Cuando optamos por la buena noticia de Jesús contenida en los evangelios, nos exponemos a vivir bajo este doble efecto.

Siempre que hacemos un reconocimiento de nuestra realidad inmediata y no tan inmediata, podemos encontrar decenas de oportunidades para poner en práctica las acciones que nos sugiere el Sermón de la Montaña. Podemos descubrir oportunidades para ejercer la misericordia y la compasión, así como terreno para trabajar por la justicia y la paz. Podemos buscar tan cerca como en nuestra propia comunidad, o tan lejos como África, Palestina o Haití. Podemos optar desde trabajar con los más necesitados de nuestra comunidad hasta envolvernos en la lucha por la reforma inmigratoria y el Dream Act.

La cuestión es identificar qué queremos hacer y por quiénes queremos hacerlo. Una vez que hayamos hecho esas decisiones será más fácil ponerse en camino. Posiblemente eso es lo que hicieron personas como Martín Luther King, Nelson Mandela, el arzobispo Romero, el arzobispo Desmond Tutu, la madre Teresa de Calcuta, César Chávez y muchos otros. Ellos hicieron una opción, abrazaron su causa y vivieron con las consecuencias en su propio tiempo. Este es nuestro tiempo.
 

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