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Comunión

By The Rev. Simon Bautista Betances
Washington Window
Vol. 76, No. 11, November 2007

El mes pasado les escribí sobre la Celebración de los Ministerios Latinos que teníamos ya a la vuelta de la esquina, sábado 13 de octubre. Recuerdo que trataba de explicar el por qué de la celebración y les animaba a participar y  apoyarnos con su presencia. En esta ocasión quiero simplemente compartir con ustedes algunos pensamientos sobre la celebración misma.

Yo puse mi esfuerzo, yo puse mi afán, tú pusiste Jesús lo demás
Por varios meses nos estuvimos preparando para el evento con mucha diligencia y entusiasmo; junto con nuestros/as misioneros/as y los/as líderes de nuestras comunidades nos aseguramos de que todo lo previsible fuera tomado en cuenta: publicidad, liturgia, música, comida, bienvenida, parqueo, decoración… Por supuesto que siempre hay cosas que no se pueden prever.

Llegó el día y la hora señalados, había llegado el momento de ver si tantos esfuerzos arrojarían los frutos esperados. Eran las 6:00 PM, el obispo y los sacerdotes que íbamos a participar estábamos listos para hacer la procesión, el coro solo esperaba la señal para comenzar con el canto de entrada, “Profetiza”, había elegido el comité de liturgia; yo corría de una esquina de la iglesia a la otra un poco angustiado porque al pasar los ojos por los asientos me percataba de que apenas algunas almas habían llegado, y solo la confianza en nuestra gente me decía que los demás estaban de camino. De vez en cuando miraba a los otros misioneros como si  les quisiera  preguntar ¿dónde están los demás? Yo sabía que ellos, que al igual que yo creen en su gente, me responderían “están de camino”.
Ya a punto de iniciar la liturgia me vino al recuerdo aquella vieja técnica de respiración  profunda para encontrar la serenidad y la paz interior. Comencé a hacerlo  y mientras lo hacía me llegó a la memoria aquel relato evangélico de la primera multiplicación de los panes realizada por Jesús (Marcos 6: 30-44); en ese texto lo que se nos relata es el milagro que se realiza  como resultado del esfuerzo compartido entre Dios y los seres humanos, milagro  en el que los discípulos recolectaron los panes y los peces, y Jesús se encargó de lo demás.

Al compás de la música y las voces del coro comenzamos la eucaristía. La gente cantando a todo pulmón entonaba  “Profetiza pueblo mío, profetiza una vez más…
El obispo, con ese entusiasmo que le caracteriza saludó al pueblo con las palabras que recomienda nuestro libro de oración: Bendito sea Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. A lo que el pueblo respondió con voz vibrante: Y bendito sea su reino, ahora y por siempre. Amén. Lo que pasó de ahí en adelante es una historia agradable que recordaremos por mucho tiempo. Ya para el momento de las lecturas bíblicas los que “estaban de camino” habían llegado, al final teníamos iglesia llena. Fue una noche maravillosa.

Después que terminó la fiesta que siguió a la eucaristía, de camino a la casa con mi esposa y mis hijos, una sensación de alegría profunda me invadió y mis labios balbucearon “El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres”, son las palabras de un salmo. Entonces volví a pensar en el evangelio de la multiplicación de los panes y los peces.

Yo pienso que con mucha frecuencia nos ocurre que nos afanamos por hacer las cosas, nos preparamos lo mejor que podemos para que nos queden bien, con esmero hacemos todo lo posible para que todo  salga a la perfección, y todo eso está bien.  El problema comienza cuando nos invade la angustia por no saber cuáles serán los resultados; y es que se  nos olvida que una vez que hemos hecho nuestra parte tenemos que dejar que Dios haga la suya.

Que Dios les bendiga.

Padre Simón Bautista Betances, Misionero Latino Diocesano

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