Episcopal Diocese of Washington

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Los llamo mis amigos

May 06, 2021

“Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo. Los llamo mis amigos, porque les he dado a conocer todo lo que mi Padre me ha dicho.”
Juan 15:15

Si ustedes adoran en una Iglesia Episcopal este domingo, escucharán a Jesús hablar una palabra de amistad a sus discípulos. 

El contexto de este conmovedor intercambio es su última comida juntos antes de su muerte. Como está registrado en el Evangelio de Juan, Jesús aprovecha esta oportunidad para decir las cosas que quiere que recuerden después de que se haya ido. Él no habla como maestro a un siervo, o maestro a un estudiante, sino de amigo a amigo.

¿A quién llamas amigos? 

Utilizamos la palabra para describir una amplia gama de relaciones, que van desde las más casuales hasta las más profundas. Jesús estaba siendo algo menos casual con sus discípulos, y de la misma manera, los invito a pensar en aquellos a los que ustedes llaman sus amigos en el sentido más profundo.

Una de las cualidades de una amistad profunda es que sabemos que nuestros amigos realmente nos cuidan. Mientras que nuestra relación pudo haber comenzado a través del interés mutuo o de la experiencia compartida, con el tiempo los factores externos importan menos. Nuestra amistad no depende de lo que podamos hacer por ellos, de cómo los entretenemos o del espacio común que compartimos. Simplemente se preocupan por nosotros, y tienen nuestro mejor interés en el corazón.

Paradójicamente, una de las maneras en que crece la amistad es a través de las experiencias inevitables de lastimarse mutuamente. No todas las amistades sobreviven a ese crisol, sino aquellas que sí nos enseñan el poder del perdón y la reconciliación. 

Este tipo de amistad toma tiempo y esfuerzo de nuestra parte, a medida que crecemos en el tipo de persona que puede ofrecer y recibir el regalo de nuestra humanidad plena. Nos guía a lo largo del camino de convertirnos en alguien, como dijo Jesús, que aprende a amar a otros como Él nos ama.

Cuando era adolescente, tuve la bendición de tener varios adultos en mi vida que significaban el mundo para mí. Uno era mi maestro, otro era ministro en mi iglesia, otra era una tía querida. Eran la clase de gente que yo esperaba ser algún día. Me mostraron, a través de su ejemplo, lo que significa vivir como alguien que ama y sigue a Jesús.

Y en algún momento de nuestra relación, cada uno de ellos me dijo a su manera: “Te llamo mi amiga”. Esto fue un reconocimiento que creció, tanto en edad como en mi capacidad de amistad. Ahora confiaban en mí para cuidar de las cosas que les importaban, y para amar a la gente que amaban. Sabían que no era perfecta y no esperaban que fuera. Nuestra amistad tampoco era completamente mutua, en el sentido de que siempre estarían más lejos en el camino de la vida y la fe que yo. Sin embargo, su amistad sigue siendo uno de los regalos más grandes en mi vida. Hasta el día de hoy, me esfuerzo por ser digna de esa amistad.

Estas son las amistades que me vienen a la mente cuando escucho a Jesús decir a sus discípulos: “Los llamo mis amigos”. Él había compartido con ellos todo lo que había oído del Padre. Ellos habían compartido una vida juntos, y él los vio crecer en su capacidad de amar. No, no eran perfectos. Uno lo negaría y otro lo traicionaría. Sin embargo, Él les ofreció la invitación de la amistad, una relación que podría soportar lo que somos capaces de hacer con los más cercanos a nosotros, mientras aprendemos a crecer en el amor. 

Consideremos la asombrosa posibilidad de que Jesús nos ofrece el don de su amistad. 

Es mucho más que un amigo y, sin embargo, como nuestro amigo, nos ama y no importando que suceda, cuida de nosotros por nuestro propio bien, y se deleita en nuestra compañía. La naturaleza de nuestra amistad con Jesús nunca será mutua, sin embargo, podemos crecer en amistad con Él, aprendiendo de Él y, como dijo a los primeros discípulos que llamó amigos, esforzándonos por amar a otras personas como Él nos ama. Y Él los ama. Esta es su promesa, y el llamado de una vida cristiana.

Los dejo con una invitación. Durante el resto de este mes, pon algo cerca de tu cama para que cuando despiertes, te recuerde que Jesús te saluda como tu amigo. Tómate un momento para recibir su amistad, y luego levántate para vivir tu día sabiendo que él está contigo. Cada noche antes de dormirte, tómate un momento para celebrar los acontecimientos del día, a la luz de la amistad de Jesús y pregúntate qué clase de amigo eres. Haré lo mismo.

Me pregunto cómo podríamos vivir hoy, y todas nuestras mañanas, si nos atrevemos a creer que Jesús está a nuestro lado, como nuestro amigo. Aún más, que Él nos llama sus amigos, y cuenta con nosotros para amar a otras personas como Él nos ama y los ama.

Y para finales de mayo, reflexionar sobre lo que, quizás, cambió en tu conciencia como resultado de esta reflexión diaria. Me encantará escuchar de ti. Podemos ser amigos unos con otros.


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